Del paso cotidiano sobre un mismo lugar se abre una reflexión estimulada por la presencia visual de inscripciones dejadas por otro, de esta manera comienza un pequeño diálogo entre quien escribe y quien lee y así un espacio de complicidad y un mundo enorme se abre entre estos perfectos desconocidos.
La ciudad al igual que un cuerpo tiene sus marcas que como huellas dicen algo, cuentan una historia.
Es casi inevitable la marca en nuestros cuerpos y es lo que nos distingue y nos hace singulares. Así cargamos con distintos trazos corpóreos, el que deja la maternidad, ese tatuaje hecho de adolescente a escondida del permiso paterno, la cicatriz de algún tropezón dado por no haber seguido la advertencia de mamá de no correr porque el piso estaba mojado, las señales del paso del tiempo, las manchas del sol.
Las marcas pueden ser visibles o invisibles, pero están ahí como ayudamemoria. Somos un cuerpo lleno de presencias, de símbolos que no nos permiten el olvido. Cuantas personas nos han marcado, cuantas huellas de otros tenemos en nosotros.
Al igual modo la ciudad, como cuerpo, tiene marcas en sus muros, grabados que hablan de una historia, cicatrices que dibujan lo que pasa, paredes que sudan un pasado, que cuentan un chiste, mensajes para un solo destinatario o para varios, gritos contra una guerra injusta, graffitis contra la indiferencia.
De estas marcas, huellas o cicatrices dejadas al azar o no, pretende hablar este texto.
Tomamos el nombre de Intervención Urbana para referir a un “fenómeno” que modifica el espacio donde fue realizado, que no tiene un público definido, es decir quien lo “consume” no es necesariamente un publico de arte sino que puede ser cualquier transeúnte y que por otro lado tiene como característica fundamental el factor sorpresa, es decir, las intervenciones urbanas irrumpen inesperadamente en el espacio público, una plaza, un muro, etc. El ámbito de lo urbano no es tanto la ciudad, explica Manuel Delgado[1] sino sus espacios usados transitoriamente sean públicos, la calle, los vestíbulos, los parques, el subte, la playa o la piscina acaso la Red de Internet o semipúblicos, cafés, bares, discotecas, grandes almacenes, superficies comerciales, etc.
Una intervención urbana se actualiza con cada paseante[2], que lee la “obra” y la completa de diferente manera a otro. De algún modo son obras abiertas que necesitan de ese otro para ser.
Comentaremos algunas intervenciones urbanas específicas que sirvan a modo de ejemplo para a través de ellos extraer algunas líneas que permitan pensar el tema de las intervenciones urbanas.
Proponemos antes de iniciar este recorrido recordar conceptos como los de tácticas y estrategias.
Michel De Certeau[3] plantea que la estrategia postula un lugar susceptible de ser circunscrito como algo propio y de ser la base donde administrar las relaciones con una exterioridad de metas o de amenazas (los clientes, los competidores, los enemigos el campo alrededor de la ciudad, los objetivos y los objetos de investigación, etc.). Como en la administración gerencial, toda racionalización “estratégica” se ocupa primero de distinguir en un “medio ambiente” lo que es “propio”, es decir el lugar del poder y de la voluntad propios”.
A diferencia de la estrategia la táctica sería la acción calculada que determina la ausencia de un lugar propio. Por tanto ninguna delimitación de la exterioridad le proporciona una condición de autonomía. La táctica no tiene más lugar que el del otro. Además debe actuar con el terreno que le impone y organiza la ley de una fuerza extraña. No tiene el medio de mantenerse en si misma, a distancia en una posición de retirada, de previsión y de recogimiento de sí: es movimiento en el campo de visión del enemigo, y esta dentro del espacio controlado por este. No cuenta con la posibilidad de darse un proyecto global ni de totalizar al adversario en un espacio distinto, visible y capaz de hacerse objetivo. Obra poco a poco. Aprovecha las ocasiones y depende de ellas, sin base donde acumular los beneficios, aumentar lo propio y prever salidas. No guarda lo que gana. Este no lugar le permite sin duda, la movilidad pero con una docilidad respecto a los azares del tiempo, para tomar al vuelo las posibilidades que ofrece el instante. Necesita utilizar vigilante las fallas que las coyunturas particulares abren en la vigilancia del poder propietario. Caza furtivamente. Crea sorpresas. Le resulta posible estar allí donde no se le espera. Es astuta.
En la ciudad de Rosario durante unas elecciones de 1999, se comenzaron a ver en los afiches de propaganda política, narices rojas pegadas en la cara de los candidatos. Esta simple acción, un círculo rojo pegado, es de una simbología enorme. Quien no se rió, quién no se sorprendió, viendo los afiches, cada uno lo interpreto como quiso, pero seguramente no le fue indistinto. Si la táctica es actuar en el lugar de otro, estar donde no se lo espera, digamos que esta acción es ejemplo de ello. Lo que no queremos olvidar de mencionar es la eficacia de tan simple acción, no requiere de grandes sumas de dinero, es solo un círculo rojo de papel sobre un afiche. Un círculo que encierra muchos conceptos a la vez, un candidato totalmente ridiculizado, el debate sobre este tipo de democracia, sobre esta forma de política. Son muchas las cosas que pueden ocurrírseles a alguien que ve este afiche: es un payaso, las elecciones son una payasada, un circo, como para nombrar algo.
Este círculo rojo, nariz de payaso, tuvo la cualidad de estar donde no se lo esperaba. Y eso tuvo sus consecuencias cuando la acción es tan eficaz y a la vez económica es plausible de ser reapropiada por otras personas. Así lo que en un momento fue un círculo de papel rojo se convirtió simplemente en un círculo pintado con aerosol rojo, y la acción fue retomada en distintos lugares del país.
El 2001 será sin duda un año que todos los argentinos recordaremos, el fatídico diciembre de ese mismo año y el nuevo rumbo que debió tomar el país luego de la crisis de la mayoría de sus instituciones son hechos que no en vano han marcado nuestra historia. Fue en marzo de 2001, cuando los ánimos comenzaban a caldearse y en la espera del famoso cambio que nunca llegaba, que los que andábamos Rosario, empezamos a ver en las paredes bicicletas en tamaño real, pintadas con sténcil. Ver una de ellas en una esquina fue llamativo, pero la duda nació y se acrecentó cuando estas bicicletas se multiplicaban. Debajo de cada una de estas bicicletas había una estampa 1/350, 2/350, parecían responder a una serie.
Los sténciles de las bicicletas tienen una historia conocida por todos nosotros.
Esta obra hace referencia a esas bicicletas dejadas atadas a un árbol o un portón, bicicletas huérfanas, porque sus dueños no volverán mas a buscarlas. “No te das una idea de lo que sentí cuando vi la bicicleta de chiquitín apoyada en aquella pared… desde el colectivo, me pareció ver la bici de Alberto contra el muro de la fábrica abandonada, al día siguiente volví a pasar por ahí de a pié, y no, era la de Analía… días atrás descubrí la de Carlota en un portón. Me quede pensando en los compañeros, se andan dejando las bicicletas olvidadas por ahí”[4]. Estas son palabras de Fernando Traverso, el encargado de llenar Rosario de bicicletas.
350 es el número de los desaparecidos en Rosario que dio a conocer la CONADEP. Estos sténciles hacen referencia a ello. Pintadas por primera vez un 24 de marzo de 2001. Fernando Traverso cuenta que quería que su arte sea efímero y totalmente inmaterial. Las bicicletas de Fernando, dice Diego Fidalgo[5], se cuelan en nuestra cotidianeidad como legado histórico de una generación en pugna, inscribiendo sus trazos en la textura urbana.
La ciudad o mejor dicho la calle, es entonces, el espacio seleccionado como escenario, como lugar de acción. De aquí otra característica que define tanto a quienes consumen y se apropian de este tipo de obra. Como habíamos señalado al principio, el público ya no va a ser un experto, o alguien que se dirige a un museo, sino que es cualquier transeúnte. Las intervenciones urbanas irrumpen en el espacio cotidiano, en el muro que vemos desde el colectivo, que antes no tenía nada y ahora tienen una marca que nos mira y dialoga.
Haciendo el intento conciente de caminar tratando de leer que nos dicen los muros, percibimos que en cada frase, sténcil, graffiti, o pintada hay una historia. Quizás, esto debe distinguir esta ciudad de otras, es aquí en Rosario donde leemos Pocho Vive, acercándonos al barrio Ludueña son cada vez más frecuentes estas frases, Pocho Vive, Pocho Vive, así quien visite por primera vez el barrio sabrá de antemano que hay toda una comunidad aquí, que recuerda a Pocho. Es decir, los muros preanuncian este deseo, que se manifiesta repetidamente en las paredes, casi como gritando, alzando la voz para que nadie pueda hacerse el distraído; ante mil Pocho Vive no podemos dejar de pensar en eso. Si no conociera el hecho de que Pocho Lepratti fue asesinado por la policía durante diciembre del 2001, tendría que preguntar quién es, así como preguntamos a un amante por primera vez por sus marcas. Marcas que lo hacen único.
A través de la marcha la ciudad es otra se hace y actualiza con cada paseante, la ciudad se vuelve “real” usada, andada, deambulada, es ciudad y no mapa. Un mapa poco puede hablar de la ciudad, el mapa ciudad no dice, es cerrada, la ciudad caminada es otra, muchas veces diferente incluso de la ciudad mapa.[6]
Las inscripciones actúan como señales, que cada uno leerá y tomará del modo en que quiera, según su marco de referencia, bagaje cultural, etc.
A diferencia de las señales de tránsito aquí encontramos no una unidereccionalidad del mensaje sino múltiples. Ante el “Contramano” uno no sigue el rumbo, sabe que existe la posibilidad de chocar si decide no cambiar de mano. Son señales, marcas, que obedecemos, que tienen una casi única interpretación. En cambio las innumerables lecturas y posibilidades de sentido que se desprenden de un graffiti dependen de todos esos los probables paseantes de la ciudad.
Cortazar decía que un puente es un hombre cruzando un puente.
Si el territorio es un lugar ocupado, el espacio será entonces lugar practicado. Quizás esta diferenciación entre espacio y territorio es la que defina por antonomasia estos lugares-practicados sobre los cuales estamos hablando.
Son lugares andados, espacios estructurándose continuamente, que como libros gigantes se hacen y rehacen con cada usuario que quiera leerlos.
[1] DELGADO, Manuel “El animal público”. Anagrama, Barcelona, 1999.
[2]“El usuario del espacio urbano es casi siempre un transeúnte, alguien que no está allí sino de paso”. ídem Pág.35.
[3] CERTEAU, Michel De “La invención de lo cotidiano, I Artes de hacer”, Pág. 42, Universidad Iberoamericana, México2000.
[4] INDIJ, Guido “Hasta la victoria, Stencil!” La Marca, Buenos Aires, 2004.
[5] Fidalgo Diego en “Trescientocincuenta” Rosario 2005.
[6] “La idea misma de un mapa que depende implícitamente del registro de un terreno estable, de referentes y medidas estipulados parece contradecir el flujo y la fluidez palpables de la vida metropolitana y la vida cosmopolita. A menudo uno necesita un mapa para moverse por la ciudad, con el sistema de referencias e indicaciones pero no están poblados” CHAMBERS, Iain “Migración, Cultura e Identidad” Amorrortu, Buenos Aires, 1994.